EL TOREO: TORTURA ANIMAL O INMOLACIÓN por Felipe Olivera

Hay dos posturas antagónicas e irreconciliables: la de los taurinos y la de los que están en contra de las corridas; de entrada los antitaurinos y los no conocedores ven sólo elementos de tortura en el espectáculo que se ofrece en una plaza de toros. Ellos realizan sus valoraciones teniendo como base una serie de imágenes como por ejemplo: el toro con las banderillas en su lomo, la vara del picador con una punta de metal castigando a la res y el momento en que el torero introduce el estoque, con el toro chorreando sangre por el hocico o ya muerto sobre un charco tinto en rojo.

Debo agregar que se les olvida algo, porque no lo ven. El primer castigo que recibe el toro es antes de salir al ruedo, ya sea en los cajones de los corrales o en el pasillo que desemboca a la arena; se le pone la divisa que en listones de colores identifica la procedencia ganadera del toro. Un rejón –arpón- sobre su lomo sujeta este distintivo.

Con especial énfasis quiero hacer una distinción entre dos palabras: tortura e inmolación.

Tortura es el castigo físico o psíquico infligido a una persona con el fin de mortificarla o para que confiese algo.

El segundo concepto se refiere al sacrifico de una víctima como ofrenda a una divinidad o en beneficio de un ideal, de una causa o del bien de otras personas.

En este caso el ideal en el toreo es lograr una perfección estética en conjunto con la embestida del toro; hecho que el torero logra sobre bases técnicas y entendiendo las condiciones específicas de cada res con la que se pone delante. Es lo que los taurinos conocemos y definimos como una faena. El bien de la inmolación del toro bravo es el aprovechamiento de su carne para el consumo humano y todos los beneficios que se desprenden en la derrama económica que implica cada función taurina.

Por lo tanto el espectáculo taurino tiene como esencia la inmolación del toro bravo y no se basa en la tortura animal como lo dicen lo “antis” o los que desconocen y sólo ven la parte cruenta del toreo. Ningún aficionado que acude como espectador a la plaza goza del dolor del toro o de cada momento en que éste sangra. Los toreros no odian al toro ni quieren hacer que sufra como sería el caso en un hecho de tortura, sino todo lo contrario aprecian sus cualidades como un ejemplar del reino animal con el cual pueden establecer ese dramático encuentro lleno de normas significativas, que se han integrado en siglos de tradición en ciertas poblaciones de Europa e Hispanoamérica.

Muchos pueblos en el mundo no lo entienden y ni tienen por qué pero la tauromaquia ha perdurado y sigue evolucionando en los países donde se ha arraigado, acrecentando todos sus valores. Es claro que con el transcurso de los años, cada vez, habrá nuevas normas para reducir el sufrimiento animal y estoy de acuerdo con ello.

Francis Wolff, filósofo francés, ha aportado grandes ideas sobre la razones de la existencia de la corridas de toros. Entre las más significativas destacan:

Si se trata de defender al individuo en lugar de a la especie, el objetivo sería hacer desaparecer a las corridas de toros y si, por el contrario, el propósito es defender a la especie y no al individuo, hay que asegurar que el espectáculo taurino perviva.

Y, Wolff, agrega que hay que establecer diferencias entre las relaciones que mantiene la humanidad con los animales, pues mientras ciertas especies pueden ser mascotas, otras son para consumo y aprovechamiento humano, así como otras representan peligro y se convierten en plagas para el hombre.

Una función taurina no representa un espectáculo que se pueda definir como divertida o no,  o que tenga por finalidad ser un pasatiempo para pasar un rato placentero los días de descanso. Significa acudir con todo respeto y nerviosismo a un lugar donde se desarrollará un sacrificio ancestral de un intenso drama en el que los hombres que se visten de seda y oro corren el riesgo de resultar heridos e incluso de llegar a perder la vida.

Cada festejo taurino se espera con renovada ilusión y con el deseo de presenciar una gran faena, con un toro de excepcionales cualidades y con un torero que desborde pasión y conocimiento durante su actuación. Y entonces cada detalle y todo momento de inspiración va marcando el rumbo de nuestra gran afición.

El toreo tiene similitud con la existencia en lo efímero, los instantes que se logran en el ruedo son únicos pero finalmente se los lleva el viento, así en la vida, por mucho que se quieran eternizar los momentos más trascendentes el desenlace en la muerte es irremediable. El hombre es el único ser vivo que sabe y tiene conciencia de su finitud, en el toreo este sentimiento está latente en cada momento.

El toro bravo es como el mar, una energía maravillosa de la naturaleza que con su sola belleza: hipnotiza y en un momento dado da la oportunidad de compenetrarse con ella y disfrutarla hasta tal punto en que se unen mente y cuerpo para ser uno con esa fuerza. Pero si no se sigue una lógica en ese acoplamiento, el hombre, puede resultar lastimado o llegar al grado de encontrar la muerte.

Hay que estar muy atentos cuando un toro está en el ruedo, se puede igualar cada momento con la estrategia que sigue un jugador de ajedrez, cada movimiento del torero tiene una consecuencia específica en el resultado de la faena.

Cada animal bravo que sale por toriles es diferente y sus condiciones desconocidas hasta antes de ser toreado, ellas se irán revelando con sus embestidas durante el desarrollo de la lidia. El torero es quien tiene que entenderlas y con sus recursos técnicos expresar su particular forma de sentir el toreo.

El toreo a la vez reúne magia y lógica, entremezcladas y en perfecto equilibrio estas dos directrices llevan al torero a un estado de gracia en el cual, el toro, le regala los mejores momentos de su vida.

Para un aficionado taurino la fiesta brava significa mucho más que sólo un espectáculo, es una forma de vivir que implica un lenguaje especial y una serie de connotaciones culturales que van a la par de esta arraigada tradición.

Los aficionados vivimos siempre con una ilusión a cuestas, como dice el escritor y periodista francés Jean Cau: “Amar los toros es, cada tarde, a eso de las cinco, creer en los reyes magos e ir a su encuentro”.

Felipe Olivera

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