CUANDO EL TOREO DEJA HUELLA…

En su realización el toreo más que un espectáculo, ofrece la posibilidad de trascendencia, de hacer que un instante se detenga en el tiempo. José Antonio “Morante de la Puebla” en la tarde del 19 de noviembre, durante la quinta corrida de la Temporada Grande 2012-2013 de la Plaza México, ante un toro del hierro de San Isidro logró ese milagro, que desde luego, está muy al margen del premio de las orejas, de la salida en hombros y de cualquier dato que sirva para las estadísticas. Lo vivido en el coso máximo quedó grabado de forma indeleble en el sentir de los aficionados.
La tarde transcurría sin parecer que “Morante” pudiera ofrecer una actuación en la que surgiera ese toreo profundo y sensible que le caracteriza. Su lote no fue propicio para ello, durante el primer tercio de su segundo toro, los morantistas nos lamentábamos por la mala fortuna en el sorteo.
El toque de clarín que anunció el tercio final de la faena no presagiaba nada importante, parecía que sería la lidia de un toro más. Incluso algún sector del público comenzó a mostrar impaciencia cuando, de pronto, la genialidad de ese torero de Andalucía, volcó todo su sentimiento en sublimes pases al natural que hicieron vibrara el alma.
Su toreo cargado de intuición, oficio, arte y belleza inundó de forma absoluta la circunferencia del ruedo, todas las miradas y emociones estaban concentradas en el conjunto armónico que formaban toro y torero.
Los sonoros olés, los gritos consagratorios de ¡torero, torero! Se escucharon intensamente en los tendidos, la faena que “Morante” estaba ofreciendo fue una joya única, una obra de arte taurino que ahí quedó para el recuerdo. El maestro marcaba con su sello esta tarde que no podemos decir sea el mejor momento de la presente temporada o de muchas que han pasado, lo que sí se puede afirmar es que en el futuro se hablará de la faena a “Chatote” de San Isidro, un toro por el que nadie hubiera apostado después del juego que ofreció al salir por toriles, pero con el que este torero fuera de serie bordó, como él sabe hacerlo, una faena que deja honda huella para quienes tuvimos la fortuna de contemplarla.
Al finalizar la corrida había un sentimiento especial en el ambiente, un torero había logrado, de uno segundo a otro, convertir lo ordinario en extraordinario. Se dejó de pensar, incluso, que estaba jugándose la vida; nos hizo creer, en cada pase, que la eternidad existe y, de momento, nos hizo olvidar que la distancia entre la vida y la muerte sólo pende de un hilo. La tarde del 19 de noviembre 2012 en la Plaza México, en esa faena de Morante, nunca dejará de existir.

Felipe Olivera

Morante y Felipe Olivera hace unos años.

Morante y Felipe Olivera hace unos años.

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